Mario Bianchini es dueño de una grandiosa colección de pines de fútbol. En 1987 un viaje pasajero a Italia se transformó instantáneamente en estilo de vida. Desde entonces llena armarios con álbumes repletos de chapitas de todos los clubes del mundo. La historia de Terremoto, el coleccionista desordenado.

Por: Cristian Malano.

Yo les voy a pedir una sola cosa, muchachos”, dice Mario -bautizado en el club Libertad hace mucho tiempo como Terremoto-, “por favor no presten atención al lío que tengo en la pieza. Soy un tipo despelotado”.

Entramos con Guille a su casa, subimos unas escaleras en el comedor y, efectivamente, su habitación está patas para arriba. Ropa tirada por acá, ropa por allá, cajones abiertos, alguna media gris que cuelga de uno de ellos y unos cinco aerosoles desodorantes prolijamente dispuestos sobre la repisa. “Bueno, ustedes saben que yo también tengo mi fama acá”.

La tarde es calurosa y el aire irregular que empuja el ventilador de techo es de verdad insuficiente. Mario abre una puerta del ropero y comienza la magia vespertina. El hombre comienza a extraer libros y cajas. Son álbumes foliados que contienen pines de equipos de fútbol de todo el mundo. No nos alcanzan las manos para hojearlos e, incluso, descubrir países nuevos.

Fotografía: Guillermo Reutemann.

– ¿Cómo empezó todo esto?

– Es una historia larga, te soy sincero –afirma revolviendo los cajones-, pero es risueña. Yo me fui a estudiar Comunicación Social a Buenos Aires y después de un tiempo, dejé. Tenía 21 años. Eso fue en 1987. Entonces hablé con un primo mío que tengo en Italia y me invitó a ir para allá. Lo que en primera instancia era una visita se convirtió en una filosofía de vida: viajar. Así que me fui para Italia y después para Alemania, donde trabajé de cocinero. Estuve por Holanda e Inglaterra también. Fui haciendo mi vida de viajero que se convirtió de a poco en una pasión, junto con la colección de pines.

– ¿Pero cómo llegaste a coleccionar pines?

– En realidad, se dio cuando anduve en todo ese viaje por los países de Europa. Fui a visitar a un amigo de Francia y después pasé a España. Ahí compré una revista que se llamaba “Don Balón”. Una revista muy famosa que ya no sale más. Pagué el abono mensual y me empezaron a escribir los suscriptores para intercambiar pines. Y yo no tenía, claro. Hasta que se me dio por comprar algunos. Pronto empecé a intercambiarlos y hoy, 2017, tengo miedo de abrir alguna puerta de este armario y que se vengan todos abajo.

Fotografía: Guillermo Reutemann.

– ¿Tenés un número aproximado?

– Sí, en estos momentos el cálculo debe rondar por los 20.000 pines.

– ¿Nunca pensaste en armar una muestra?

Es que en realidad yo participé de varias muestras, pero sentí como que la gente no se interesaba demasiado. Y desistí. Quiero aclarar que es mi forma de ver las cosas. Ustedes no saben el sacrificio que fue juntar todo esto. Son casi treinta años de colección ininterrumpida. Quieras o no te vas haciendo un nombre dentro del ambiente y tengo amigos coleccionistas de todo el mundo.


Testigo de ello nos muestra varios sobres de correspondencia internacional, estampados y certificados de Rusia, Japón, Alemania y otros países.

Fotografía: Guillermo Reutemann.

Pasamos otros quince minutos abriendo álbumes y revisando otras colecciones increíbles de banderines, bufandas y programas de partidos de fútbol. Todo en cantidad, variedad y desordenado. Terriblemente desordenado. Mario abre cinco cajones por segundo rascándose la cabeza y preguntándose a dónde estaría tal o cual cosa. Me viene a la cabeza la clásica distinción entre “coleccionista” y “acumulador”. Pienso que estamos ante la presencia de un híbrido coleccionista acumulador internacional con tintes divertidos.


Fotografía: Guillermo Reutemann.

 – ¿Hay algún pin que te guste más que el resto?

– Sí, los de Japón, pero no los encuentro. (N. del E. Lo sentimos por no poder fotografiarlos, es que finalmente no los encontró).

– ¿Alguno que sepas que es bien raro?

– Y, generalmente los que son más viejos, y de esos tengo muchos. Hay algunos que los coleccionistas del mundo los están pagando 4 euros o más. Saquen la cuenta. Además, ustedes tienen que tener en cuenta que yo empec…

“¡Deciles que te acomoden un poco la ropa!!!”.

El grito proviene de abajo, y es el padre de Mario que se aleja riendo a carcajadas. No sospecha que pienso incluirlo en mi crónica. Somos conscientes de que Mario ahora tiene la habitación un poco peor y que va a pasar un buen rato regresando todo a su sitio de nuevo. De cualquier forma, esto parece importarle poco y salimos de su casa con espíritu alegre. Claro, es viernes y a la noche hay planes.

Nos despedimos de Terremoto y convenimos con mi secuaz en lo bien puesto que estuvo el apodo. Hoy, en esta humilde nota, su colección queda oficialmente presentada.

La vida del hombre que se fue a buscar experiencias a Europa y que se trajo de allá un pedacito de historia que vive y late desordenada.

Fotografía: Guillermo Reutemann.
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