⊗ Este cuento pertenece a la edición número 2 de la revista Hijos del Pueblo, publicada en diciembre de 2014, “Sombras de campo – Relatos de miedo y muerte”. Sucesos paranormales en una vieja casona de campo cerca de Sunchales.⊗

Autor: Cristian Malano.
Ilustración: Marc Schouten Ginard.


Víctor jamás habría de olvidar la noche en que, siendo solo un muchacho, había corrido al molino tras los gritos de su padre. Sin dudas la escena había sido traumática para él y su familia, pero los hechos transcurrieron demasiado rápido para que su memoria sólo guardara imágenes desordenadas en su cabeza.

Sin embargo, el recuerdo de los ojos sin vida de su padre habría de marcarse a fuego en su mente. Eran ojos abiertos que ya no miraban.

Pero habían pasado veinte años desde entonces, y Víctor ya no era un niño. Había quedado a cargo del campo por ser el único hijo varón de la familia. No había tenido elección, y el peso de esta responsabilidad forjó en él un carácter parco, obstinado y con convicciones firmes. El fiel reflejo de su padre.

Se había enamorado de Justina, una atractiva muchacha que vivía en la chacra vecina. Al parecer sus sentimientos habían sido mutuos y después de algunos encuentros casuales, comenzaron a salir. A él le atraía su sonrisa, a ella, su apellido.

Pero las largas distancias y las obligaciones domésticas terminaron por ser un pesado obstáculo en la relación. Pronto comenzaron los inconvenientes. Se veían muy poco. Víctor había resignado sus sentimientos por ella, pues nunca dejó de quitarle prioridad al trabajo que su padre le había dejado como herencia. Hasta que una pesada tarde de enero, unos golpes de palmas hicieron eco en el terreno del hombre. Era Justina y traía una noticia: estaba embarazada.

A partir de entonces, la historia comenzaba a escribir otro párrafo en la vida de ambos. Víctor nunca quiso enfrentar semejante responsabilidad y trató de ocultar su inminente paternidad el tiempo que pudo. Cuando la criatura nació, la situación se agravó tanto que terminó en los tribunales de la ciudad de Rafaela. Justina hervía de odio. Víctor padecía una terrible culpa. Ella había perdido la cordura, le parecía increíble cómo un hombre podía llegar a ser tan egoísta. Y en un ataque de frenesí, tomó un cuchillo del tamaño de su antebrazo y lo escondió bajo la manga de su tapado antes de salir a una nueva cita con la justicia.

Allí la discusión fue muy intensa, pero duró poco.

Justina sintió cómo la carne se desgarraba bajo la piel. La hoja afilada del cuchillo se introdujo hasta que el mango hizo tope en el cuero, ahora manchado de rojo oscuro.

(El reloj inicia su marcha).

Ella acercó su boca al oído del hombre, que escupía burbujas de sangre caliente: <<Te maldigo, hijo de puta. Te maldigo por cobarde y hereje>>.

El reloj corre. Tic, tac.

Una semana después, Víctor agonizaba en la misma habitación donde fuera acostado el cadáver de su padre varias décadas atrás. El dolor se había profundizado hasta el centro mismo de la existencia, la herida quemaba como el infierno.

Eran las ocho y cuarenta de la noche cuando su madre remojó la toalla con agua fresca para poner sobre la frente del hijo. Ella se resignaba a perder la fe. <<Víctor es fuerte. Tiene que salir adelante>>, susurraba en solitario. (Tic, tac. Se aproxima. Y se ríe de ella).

Con la misma velocidad que el refucilo desaparece del cielo, un clima hostil invadió la habitación. La atmósfera se oprimió en un claro descenso de temperatura y, la farola que iluminaba la habitación donde yacía Víctor, se apagó. La señora quedó inmóvil en la cocina, sosteniendo el trapo mojado entre sus manos.

(Tic, tac. No deja de reír. Y se escucha más fuerte. Más cerca). 

Corrió en la oscuridad absoluta a devolver la luz y miró a su hijo, demasiado pálido para estar vivo. Sin embargo, su vientre parecía demostrar lo contrario, subía y bajaba liviano como una pluma. Ocho y cincuenta. (Tic, tac). La respiración de Víctor se hizo cada vez más pausada. Segundo tras segundo, su corazón trabajaba más y más lento, como si intentara abrirse espacio dentro de una caja de barro espeso. (Tic, tac. Carcajadas ensordecedoras). De forma gradual su conciencia comenzó a virar entre lo terrenal y lo divino. Para Víctor la suerte no habría de ser distinta a la de su padre. El destino volvía a poner el sello.

Su corazón palpitó por última vez justo cuando las manecillas del reloj marcaron las nueve en punto de la noche.

Tic, t…

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