Autor: Julián Lucero.
Ilustraciones: Bruno Maretto.

El matrimonio Quiroga se mataba de risa cuando Milo, su hijo mayor, comenzó a perder los dientes de leche. Se tentaban porque seseaba y esparcía rocío de saliva por todas partes como un atomizador. Carcajeaban cuando la lengua se asomaba por la ventana formada por la pérdida de los incisivos centrales; le decían que parecía un reptil, un ofidio, aunque Milo no sabía qué significaba eso.

Más gracia les causó el día que notaron que los dientes nuevos de su hijo eran triangulares, alargados y afilados. Hasta el hermano menor de Milo, José, que sólo contaba con tres años, se reía de su rostro. En casa lo llamaban monstruito. Como a José no le salía decir monstruito, lo redujo a tito y sus padres decidieron llamarlo tito monstruito. Sus compañeros del colegio y del barrio se burlaban y le ponían otros apodos: trampa de zorro, dientudo feo, hocico de perro, cara de lagarto. Y, al igual que los incisivos centrales, también cedieron los laterales,  los caninos y todos fueron reemplazados por esos dientes depredadores que tanta gracia causaban.

Un día, su mamá cocinó costeletas para el almuerzo. A Milo le sirvió una cruda,  empapada de sangre  directamente sobre el mantel. Todos se ahogaron en carcajadas por la broma. Milo, ofendido y, a sabiendas de los retos que se vendrían por los malos modales con los que pensaba proceder, tomó el corte de carne por el hueso y, con sus dientes nuevos,  mordisqueó  desgarrando y embardunándose la barbilla con sangre. Sus padres y  hermano,  frente a semejante situación,  profirieron risotadas más potentes. Invadido por el enojo y la angustia de haberse convertido en el bufón de su familia, se fue a la cama moviendo la lengua dentro de la boca en busca del sabor agradable de la carne.

Las quejas  sobre el hijo mayor de los Quiroga llegaron  durante el transcurso de una tarde, cuando el timbre sonó tres  veces. A los hijos de algunos vecinos les habían amputado partes del cuerpo. Al gordito de la esquina le faltaba el lóbulo de la oreja; a la nena de los Uriarte le habían desgarrado los cachetes y uno de los cortes atravesaba toda la mejilla hasta la parte interna de la boca; el hijo del verdulero de la otra cuadra se quedó sin el labio superior y ahora exhibía las encías y la dentadura. Los papás de Milo atendieron a todos los padres con paciencia y utilizaron un tono pacífico y conciliador, explicando que su hijo era incapaz de cometer semejantes actos, que seguramente había algún tipo de bestia salvaje suelta, un perro o vaya a saber qué. “Acá la única bestia es su hijo” les dijo Ramona Uriarte. Cuando las visitas cesaron,  se divirtieron imaginando al hijo del verdulero con la sonrisa permanente y a la hija de los Uriarte sacando la lengua por el hueco del cachete.

Los Quiroga dejaron las risas el día que Josué desapareció. Todo el vecindario emprendió la búsqueda del hijo menor de esa familia con la que no simpatizaban. Lo único que encontraron durante el rastrillaje comunitario, fue una mancha de sangre que se extendía sobre el césped en el patio trasero de los Quiroga junto con tiras deshilachadas de carne sanguinolenta y trozos pequeños de hueso. Milo, junto con el resto de los vecinos, observaba la escena satisfecho por la desesperación de sus padres, buscando, con la lengua,  un pedazo de carne entre sus dientes afilados; saboreando intensamente el momento.

“Tito monstruito” – Ilustración: Bruno Maretto.
“Tito monstruito” – Ilustración: Bruno Maretto.
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