El árbol que tú olvidaste
siempre se acuerda de tí,
y le pregunta a la noche
si serás o no feliz.

Atahualpa Yupanqui.


Autor: Julián Lucero.
Ilustraciones: Marc Schouten Ginard.

Un rasgo característico de los pueblos, o también de las ciudades con alma de pueblo, es la presencia de jardines que no se ajustan a las nuevas tendencias de parquización. Son descontracturados, bellos sin necesidad de pertenecer a los delirios de un momento puntual en una cultura mutante. Las plantas están en ese lugar porque “prendieron”, pero no respetan colores ni formas. Se ciernen sobre entradas de casonas antiguas y marcan territorio. Si pudiesen hablar dirían: te dejamos pasar, pero la casa es nuestra. Estas plantas, rebeldes y seductoras, exhiben sus flores y frutos y son las determinantes de otro rasgo también distintivo de pueblos o ciudades con alma de pueblo: los ladrones de plantas.

Ilustración: Marc Schouten Ginard.

Juan Ignacio fue un ladrón de plantas. Se levantó temprano un día de verano con la piel quemada, ardida y pensó que, después de haberse comido todas las mandarinas que robó del jardín frontal de la vieja de la otra cuadra, esa sensación era un mal menor. Su opinión cambió cuando se observó frente al espejo del baño. Su piel estaba repleta de círculos glandulares amontonados, como la piel de los cítricos. Se desnudó y descubrió que no existía un solo rincón de su cuerpo libre de esos puntos perfectos, turgentes y espantosos. No pudo pensar demasiado en su futuro como monstruo porque, en un abrir y cerrar de ojos, reventó la primera de las glándulas en la planta del pie y el efecto explosivo se expandió al resto del cuerpo. Cada glándula se comunicaba con un canal que excretaba ácido. A su mamá la despertaron los gritos; cuando entró en el baño, se encontró con una masa amorfa y agonizante de carne que chillaba y desprendía vapor pestilente.

Algunos tratados de botánica explican que, los cítricos, poseen un fruto llamado herperidio o hespericidio cuyo exocarpo, se encuentra tapizado de cavidades secretoras de aceites perfumados y otras sustancias.

Amalia también fue una ladrona de plantas. Salía a caminar todas las tardes con su vecina y en su trayecto arrancaba gajitos de diferentes lugares para probar suerte en su patio. En una de esas caminatas, quedó enamorada de un rosal que le recordaba su viaje a Bariloche. Una planta majestuosa, de flores gigantes, que crecía entre un montón de otras plantas, en el jardín de una casona vieja de la calle Joaquín V Gonzales. Una tarde, le pidió a su amiga que hiciera de campana. Se internó en el jardín y cortó, con ayuda de una tijera de podar, todas sus flores y unos cuantos gajos. Metió todo en una bolsa de mandados y continuó con el recorrido habitual, divertida por su travesura, arañada por las espinas, acompañada del perfume que liberaban los pétalos. Cuando llegó a su casa, puso las rosas en dos floreros distintos y plantó todos los tallos mirando al sur, como le había enseñado su abuela. Le dijo a su marido que se sentía pesada, cansada y se acostó temprano. Soñó que se arrancaba las uñas de los pies y que el sonido que hacían al desprenderse de la carne, se multiplicaba y la aturdía. Despertó ahogada, necesitaba un vaso de agua. Intentó moverse; estaba atrapada, enganchada en las sábanas. Cayó al piso y sintió mucho dolor y el mismo sonido que percibió recientemente en su sueño, el de una uña arrancada. Cuando se puso de pie, notó que el piso estaba repleto de espinas grandes, como las del palo borracho, aunque más filosas y curvas. De sus muslos colgaba la sábana que estaba enganchada y entendió, en su aturdimiento, que todas esas espinas se habían desprendido de su piel. Intentó correr, estaba aterrada, dolorida, abombada. Se enredó con la sábana y tropezó.  Las espinas que se desprendieron de su piel al impactar contra el suelo, desencadenaron sonidos de miles de uñas despegándose y un dolor tan infinito que su cerebro no pudo soportar. Convulsionó entre los apéndices ganchudos vomitando espuma. El aroma intenso a pétalos de rosa despertó a su marido.

Se distinguen como apéndices punzantes, según diversos tratados de botánica, espinas y aguijones. Las espinas son órganos modificados: tallos, hojas o partes de hojas. Los aguijones tienen origen epidérmico y por eso se desprenden fácilmente.

Matías estaba muy enamorado; desapareció sin dejar rastro y también era un ladrón de plantas. No contaba con dinero para comprar nada aquél 24 de septiembre, cuando cumplió el primer año de noviazgo con Ana. Doña Ermelinda, su vecina de al lado, tenía el patio minado de azucenas rojas. Las varas, que terminaban en trompetas gigantes, se distribuían desordenadas sobre la tierra negra, fértil. Matías saltó a la tarde, cuando Ermelinda dormía profundamente y arrancó unas cuantas varas, piso muchas de las rosetas de hojas verdes y acintadas. De una tiró tan fuerte, que extrajo incluso, un bulbo parecido a una cebolla. Ana quedó maravillada con el regalo improvisado de su novio, lo despidió con un beso y nunca más lo volvió a ver. Matías despertó en la oscuridad absoluta, inmóvil. Cuando quiso gritar, su boca se llenó de tierra. El oxígeno abandonó gradualmente su cerebro. Derramó lágrimas de desesperación y dolor que se filtraron y perdieron en la nada. Del bulto enterrado, hinchado en el que se convirtió su cuerpo, emergieron múltiples ejes que se abrieron en el patio de doña Ermelinda unas semanas después de su desaparición.

En los esquemas de los tratados de botánica, se observan diversidades de tallos aéreos y subterráneos, mejor conocidos como bulbos. Los bulbos resultan una estrategia adaptativa a las variaciones de las temperaturas, ya que se encuentran enterrados durante la estaciones frías y desfavorables.

Ilustración: Marc Schouten Ginard.

 

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