Por: Iván Giordana.

En la segunda mitad de la década del noventa, cuando con mis amigos cursábamos la escuela secundaria, organizar un partido de fútbol era un poco más difícil que ahora, aunque me atrevo a pensar que más divertido.

Los viernes empezaba a circular una hoja en blanco por el aula para que cada uno escribiera su nombre si es que pensaba ir a jugar el picadito. Finalizada la vuelta, se hacía un conteo y se veía cuántos participantes faltaban. A la salida, después del almuerzo, comenzaba la segunda parte del reclutamiento de jugadores. El organizador, llamémoslo Quelo, se encargaba de citar al resto, es decir, a los que iban a otro colegio, porque afortunadamente nuestro grupo nunca estuvo limitado por la pertenencia a una escuela en particular.

La convocatoria, como así también la reserva de la cancha, se hacía llamando al teléfono fijo del domicilio del destinatario del mensaje, cuidando de no despertar a ningún habitante de la casa que pudiera estar despatarrado durmiendo la siesta. Si nadie atendía, el llamado quedaba para más tarde. Cerca de las cuatro, hora más que aceptable para considerar por concluida una siesta, Quelo volvía a intentar. Si no tenía éxito, el infatigable promotor de la juntada subía a su bicicleta y se iba en busca de los tan preciados futbolistas. Podía suceder, también, que llamara a uno de los anotados en la lista y le pidiera que hiciera cadena, es decir, que asumiera la responsabilidad de hablarle a Fulano o de ir hasta la casa ya que lo tenía más cerca. Un rato después, como corolario de su ardua tarea, estábamos todos avisados y comprometidos.

Cinco minutos antes de la hora pactada, y sin importar qué tan fría podía estar la tardecita de junio o cuánto podía empapar un repentino y fugaz chaparrón de primavera, nos encontrábamos a la vera de la cancha. La forma más equitativa de armar los equipos era, usted lo podrá imaginar, colocar a dos jugadores enfrentados (generalmente, los más talentosos), separados por unos pocos metros para que, uniendo el talón de un pie a la punta del otro sin que medie espacio y cada uno a su turno, vayan acortando la brecha al grito de pan el primero y queso el segundo, hasta que el que lograba pisar el pie de su oponente podía darse el lujo de elegir primero.

Como el campo de juego era para catorce y nosotros a veces éramos dieciséis, las monedas que sobraban luego de saldar el costo se las entregábamos, cómo no, al incorruptible Quelo. La intención era armar un fondo común y jugar un viernes sin tener que pagar con dinero de nuestro bolsillo. Ese plan nunca lo pudimos llevar a cabo por razones que, por lo menos yo, desconozco. Supongo que fue porque las instalaciones permanecieron cerradas un tiempo, porque nuestro espacio fue cubierto por otro grupo con mayor constancia o, lisa y llanamente, porque se nos licuaron las ganas al ritmo de los vaivenes de aquella linda etapa.

Si a esta altura usted se pregunta para qué le cuento algo tan cotidiano y natural como esto, le diré que lo hago por tres razones. La primera, para que si hay algún chico leyendo este texto sepa cómo eran las cosas hace sólo veinte años atrás; la segunda, para que quien recuerde algo similar y tenga ganas de ampliar el presente, lo haga dejando su comentario aquí debajo; la tercera y última es para avisarles a quienes solían ir a jugar los viernes que Quelo aún conserva, en el fondo de una vieja caja registradora que sólo usa como adorno, un paquete que dice $13 fútbol no tocar. Quien demuestre legitimidad e interés suficiente, puede pasar a retirar su parte del fondo común que nunca usamos.

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