Por: Ezequiel Barberis.

Ya pasaron varios días del gol de Silva. Los medios de comunicación hicieron gala de su capacidad de exprimir un tema hasta extraerle la última gota de tinta amarilla. Las imágenes se repitieron decenas de veces y los sensacionalistas presionaban con el puño entero en la llaga. Los formadores de opinión, multiplicados en las derrotas, se cansaron de contradecirse mil veces según manden los buitres de arriba. Todo en pocas horas.

Hoy, la vorágine informativa parece haberse comido la historia reciente, porque la agenda de los mil intereses encontró -o creó- otros pesimismos de los que hablar. Aunque no se den cuenta de que la herida sigue más abierta que nunca. Y eso es muy bueno.

Durante siglos al hombre lo ha excitado la utopía de regresar en el tiempo. Y no casualmente por mera curiosidad, sino porque sus errores han sido tan grandes y evidentes, que la culpa que carga en sus espaldas, todavía hasta estos días, es demasiado grande. Y aún a sabiendas de la imposibilidad del caso, y con una lógica realidad que le remarca a cada instante que absolutamente nada puede modificar lo sucedido, el hombre no aprendió a convivir con sus karmas del pasado, y mucho menos a usarlos a su favor. Cuando de eso se trata.

Por eso no quiero analizar los aspectos deportivos, que hoy son apenas recuerdos. No me interesa si Di María estaba lesionado, si a Rojo lo expulsaron correctamente o si Biglia debió patear ese penal. No vengo a juzgar a Martino ni a Messi y mucho menos a la AFA. Y créanme que, en varios casos, me sobrarían motivos.

Hoy prefiero quedarme con el después. Prefiero la derrota ya decretada. Prefiero las consecuencias.

Porque en medio del dolor inmenso que nos causó el derrumbe de una ilusión creada semanas atrás y alimentada con el correr de junio, una luz de esperanza se encendió. En un país que no sabe ser nación, donde los antagonismos coparon la escena alguna vez y jamás se fueron, con dosis de violencia que dividen las aguas a diario y donde se incitan las segregaciones para facilitarle el reinado a unos pocos, experimentar lo contrario por algunas horas fue maravilloso.

La renuncia de Messi a la Selección fue un simbronazo quizás mayor a la derrota misma. Incluyo aquellos que muchas veces pidieron su exilio, estupefactos, ahora hacían silencio. Silencio que luego se transformó en aceptación, entendiendo que algo andaba mal. Que sus críticas de siempre, hoy desencadenaban una pérdida irremplazable. Aceptación de que ellos también eran culpables.

Y fue ese cargo de conciencia el que los llevó, desesperados, a querer retroceder en el tiempo. Pero una vez más la utopía les dio un baño de realidad. ¿Entonces? Entonces se produjo un fenómeno que en estas tierras, tristemente, no sucede muy a menudo.

Ni las banderas políticas, ni los colores, ni los sexos, ni las religiones, ni las edades. Nada importó cuando se trataba de querer que las palabras de Messi fueran una expresión momentánea fruto de la desazón y que queden sólo en eso.

Fue el deseo de 40 millones de personas, que estuvieron en sintonía por algunas horas. Y así el país fue nación, y los antagonismos se hicieron cenizas, y los motivos de división se convirtieron en argumentos infundados. Y Argentina se pareció un poco más a la de mis sueños.

Discutiré en otra oportunidad cuán correcto es que sea el fútbol el que nos vuelve animales cada domingo y nos hace ciudadanos ejemplares cada tanto. O si idealizar de tal forma a un deportista, exigiéndole valores que ni siquiera nosotros tenemos, es un paso adelante o dos hacia atrás. O si son necesarias tantas derrotas para crecer.

Lo cierto es que en medio de este sistema incivilizado, y aún a riesgos de pecar de conformista, situaciones así me sirven para confiar en que una sociedad más humana es posible. Donde cada día sean menos los que quieran retroceder para enmendar errores, y sean más los que se conviertan en puentes. Como Messi, al que ya no habrá que exigirle tanto.

Y las victorias, en todo sentido, no tardarán en llegar…

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