Por: Iván Giordana.

Conocí a Valerio hace más de veinte años, cuando yo no llegaba a los diez y él ya tenía la misma indeterminada e incalculable edad que tiene ahora. Me asusté, lo confieso, porque había escuchado mil historias sobre él y me lo imaginaba gigantesco, gruñón y peligroso.

Valerio vivía en Monte Vera, vaya uno a saber desde cuándo, pegadito a un brazo del río. Se sabía que no había nacido allí, aunque no se notaba. Conocía, con esa sabiduría que regala la madre naturaleza, los lugares y la hora del pique, con qué yuyo calmar el mal de estómago y cuándo empezar a apilar bolsas de arena porque se venía la crecida. Y vaya si se venía cuando él la anunciaba.

Dormía en una pequeña y oxidada casilla equipada con lo poco que había logrado juntar y lo mucho que recibía de los vecinos que visitaban el lugar. Sus fieles e incondicionales compañeros eran un par de perros escuálidos y algunos gallos y gallinas que paseaban por allí de día y compartían refugio con él por las noches. Y Tognolo, el dueño del campo cercano que cada tanto lo invitaba a comer un asado.

La barriada era sencilla, sólo dos cuadras a la vera del riacho con un par de lotes pobremente divididos con alambrados bajos y en cada lote un rancho, como se le suele decir a las humildes casas ribereñas. Durante la semana el vecindario permanecía vacío, salvo cuando Mario o Luis, que disponían de algo más de tiempo desde que estaban jubilados, se quedaban a pescar en madrugadas profundas, a tejer redes, a experimentar en la cocina o simplemente a disfrutar de la vida al natural. Los fines de semana, en cambio, llegaban los dueños de las casas con sus familiares y amigos y Valerio enloquecía de alegría.

Ninguno de los vecinos sabía cómo había hecho ese hombre para llegar hasta allí y menos aún el por qué, tampoco si tenía familia o desde cuándo andaba como lobo solitario, pero todos sentían cariño por ese petiso moreno de pelo hirsuto y gruesos bigotes que contaba historias desopilantes mientras con una mano se levantaba sus pantalones varios talles más grandes. Hablaba de helicópteros invasores, mujeres acosadoras y feroces bestias de río con fauces como leones. A veces parloteaba solo y se reía a gritos para luego perder la razón bajo los efectos del mal vino.

Un policía de la zona, preocupado por la vejez que se le iba acercando al isleño, movió cielo y tierra para conseguir una pensión que le garantizara a Valerio algo de comida para cuando su cuerpo ya no pudiera llevar su canoa río arriba.

Hoy, achacado y debilucho, Valerio está alojado en un hogar de ancianos que paga con aquella pensión. Lo bañan a diario, tiene cuatro comidas aseguradas y duerme en un colchón como no conoció otro. Tiene setenta y pico, sigue contando historias imposibles de comprobar y riendo con fuerza, pero en su mirada de párpados caídos se nota que extraña al río, a su río.

¿Cómo se sentiría usted, amigo lector, si de repente amaneciera trasplantado en otra galaxia?

valerio

 

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