Mi padre, con el rostro contraído de
aflicción, permanecía inmóvil mientras
yo pedía a gritos que me dejaran descansar
dentro de la tumba, rogando con frecuencia
a  los que me sujetaban que me trataran con
la mayor suavidad.

Fragmento “El sepulcro” de H. P. Lovecraft

Autor: Julián Lucero.
Ilustración: Bruno Maretto.

Recuerdo que mi nieta de once años me preguntó, mientras estaba postrado en la cama inspirando apenas un hilito de aire, cómo se sentía morir. Yo esperaba una palabra cariñosa de su parte, alguna despedida. Ella, una respuesta, un sonido diferente al silbido apestoso, ahogado que me mantenía vivo.  Morir es, justamente, la respuesta a una pregunta que sabemos en el fondo de nuestros corazones, pero que esperamos esperanzados escuchar de la boca de otro. A veces llega. En la oscuridad absoluta,  yo escuché la voz de un muchacho que venía del exterior del recinto estrecho al que estaba confinado. Me decía que tenía que, después de arreglar mis asuntos, viajar hasta San José, Entre Ríos y dirigirme al cementerio. Ubicar la tumba de Adriana Adne, de 19 años, sacar el cajón y dejarlo en un arroyo. Entonces mi misión concluiría y comenzaría la de Adriana. Yo estaba abombado, pero esas palabras se instalaron límpidas en mi cabeza.

Cuando salí de la carcasa metálica del cajón era de noche y hacía mucho frío. Dos señores con uniforme de policía, me observaban atónitos y entre gritos histéricos, casi femeninos, desaparecieron dejándome solo en una habitación que desconocía. A pesar de mi aturdimiento intenté seguirlos pero corrían muy rápido. Igualmente, su recorrido indicó la salida de aquel lugar. Me encontré con una oficina que olía a cigarrillos, un aroma exquisito que extrañaba mucho. El edificio no pertenecía a mi época, de eso estaba seguro. Entre las muchas cosas que desconocía, encontré el periódico de Sunchales, mi ciudad natal. Yo había vivido en la zona rural aledaña a esta ciudad. “Hallan ataúd con esqueleto en un canal de la ciudad”, leí entre las noticias de ese día. Yo salí de un ataúd, pero no era un esqueleto. Mis huesos estaban cubiertos con carne. Vestía mi traje favorito. La fecha del diario era 23 de Julio de 2004 y mi cuerpo se durmió largamente en Enero de 1974. Escapé de ese lugar. Bajé por unas escaleras de cerámicos anaranjados y me encontré rodeado de personas que me miraban tan aterradas como los policías que habían salido disparando. Caminé entre la multitud que se abrió temerosa y comencé el viaje al campo, a mi casa. Algunos me hablaban con voces temblorosas. Otros gritaban horrorizados.

En 1972 yo tenía 57 años. Mi mujer había muerto en el parto de nuestro único hijo, Román. Trabajaba en el campo que había heredado de mis padres, fruto de su trabajo de sol a sol desde que llegaron del Piamonte en busca de una vida mejor. Fui abuelo con cuarenta y siete  pirulos y condenado a vivir con mi hijo y su familia. Mi nuera era una mujer mandona, malhumorada y no tardó en convertirme en un estorbo. Peleábamos mucho. Yo fumaba desde los catorce años pero los constantes conflictos con esa mujer déspota, me llevaron a ahogarme en el humo de los tres o, a veces, cuatro paquetes que me fumaba por día. Cuando sentí por primera vez, una mañana de trabajo, que el aire que entraba en mis pulmones ardía, supe que iba a morir pronto. El pucho me iba a enterrar. Me equivocaba.

Una consulta médica completa reveló mi cuerpo estaba bien. Pero el médico había detectado pequeños achaques y me ordenó que dejara de fumar. Le conté que era la tensión con mi nuera lo que me causaba ansiedad y me sugirió reemplazar los cigarrillos por terrones de azúcar. Mientras disfrutaba de mi vicio sustituto, en versión dulce, mi salud comenzó a empeorar. Me invadieron calambres terribles en las piernas. Mi vista se nubló. Por momentos sentía tanta sed que me asaltaba el impulso de arrancarme la garganta con las uñas. Por las noches sobrevenían la taquicardia y los escalofríos. Eso sólo fue el principio.

Llegué al año 1974 deshidratado por los vómitos y diarrea acompañados por constantes hemorragias nasales. Mi pelo se cayó. Me atrofié hasta convertirme en una masa ciega y agonizante que apenas podía respirar. El doctor diagnosticó una enfermedad neurológica extraña. Estaba desconcertado y tenía que justificar mi muerte inminente.

Mi nieta aprovechaba los momentos en que sus padres no estaban para acompañarme. Sostenía mi mano temblorosa y se quedaba mirándome con sus ojos llenos de duda. Un día de calor de enero el hilo de aire que mantenía vivo se cortó. Y empecé a soñar repetidamente lo mismo. Mi hijo y su señora empapaban mis terrones de azúcar con una mezcla de agua y arsénico. Y ese infierno se repitió durante treinta años hasta que una voz me despertó en el frío de julio de un futuro,  que me recibió con una muchedumbre desconcertada y una misión por delante.

Los treinta años habían hecho su trabajo con mi hijo y su esposa. También con el campo que trabajaron mis papás y después yo. La casa estaba abandonada. La tierra muerta. Los pocos animales flacos. Mi nieta se había ido de ese infierno. Pero ellos permanecieron, matando todo lo que les dejé después de haberme matado.

La esposa de mi hijo no llegó a gritar cuando me vio sentado en la cocina. En el momento en que percibí que su cuello se inflaba de aire para proferir el alarido, me lancé encima como un animal salvaje y le arranqué parte de la garganta con los dientes. Escupí con asco el pedazo de carne y su sangre. Tomé un cuchillo que había en la mesada y caminé hasta la pieza matrimonial.

Román roncaba. Quise que me viera antes de dar el primer cuchillazo en su mejilla. Sus facciones se contrajeron en una mueca de espanto y, en ese minúsculo instante, sentí justificada mi vida y los treinta años de espera. Una ola de felicidad recorrió mi cuerpo. Después lo acuchillé en el ojo, en el cuello, en su vientre abultado, en los genitales, una, dos, mil veces, poseído, convulso.

Reviví las carneadas familiares de mi antigua vida de campo mientras trozaba sus cuerpos. Hundí el cuchillo en cada punto de unión de sus extremidades y el sonido de la carne y huesos despegándose fue la más hermosa de las músicas. Llevé todo el fruto de una mañana de trabajo a un chiquero abandonado donde, dos chanchos flacos,  entre chillidos de felicidad,  se abalanzaron sobre la carne que les fui tirando. Volví a la casa y limpié todo para ahorrarle el disgusto a mi nieta. Revolví un poco los cajones y encontré un atado de puchos. Disfruté de un cigarrillo bajo la sombra de un ombú. Recordé la voz del muchacho que escuché mientras estaba en el ataúd y supe que tenía que seguir. Salí caminando con mi traje por la ruta, bajo el sol que parecía de domingo.

Camino al horizonte con un solo objetivo, Adriana. Tengo que sacarla y tirar su cajón a algún canal. Ando por el campo, sin hambre, sed o agitación. Si hay un arroyo, una laguna o un río, cruzo y respiro bajo el agua como un pez. En mi trayecto, el sol sale y se esconde. Lo que viene después lo sé, aunque espero escucharlo de la boca de otra persona.

“Verano, Invierno, Infierno” – Ilustración: Bruno Maretto.

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