Por Iván Giordana

Aclaro, desde el inicio, que no me expreso en carácter de especialista en la materia ni me mueve el interés de darle tinte político al asunto, tampoco el de menospreciar la gravedad de la pandemia; simplemente me pronuncio en mi rol de ciudadano y padre de dos hijos en edad escolar. Me preocupa, y mucho, la situación educativa de nuestro país.

A casi ocho meses del inicio de este largo confinamiento, con los trabajadores esenciales –en marzo comprobé que soy completamente prescindible- agotados y los demás desempeñándose bajo estrictas normas de protocolo especialmente diseñadas para evitar el quiebre definitivo de la matriz productiva, social y cultural de este extremo del continente, resulta por lo menos curioso que todavía no hayan regresado las clases presenciales excepto en algunos pocos lugares específicos. Reitero, me faltan los conocimientos médicos y educativos que se requieren para proponer una alternativa viable, sólo pienso que si funciona una veterinaria, una metalúrgica, el Museo de Bellas Artes, algunas disciplinas deportivas y una larga lista de rubros que retomaron sus faenas más por necesidad que por deseo de poner en riesgo la integridad física de la gente, es increíble que sobren los dedos de una mano para contar las propuestas concretas que se hicieron para reabrir las aulas. Cualquiera de nosotros sabe que hay miles de alumnos que carecen de los dispositivos tecnológicos para participar del dictado virtual de clases, que precisan una asistencia especial que sus familiares están imposibilitados de brindarles o, simplemente, que a esta altura del año perdieron el hábito y el interés por cumplir con las tareas encomendadas por celular.
Dirán que soy un anticuado por promover una modalidad que va camino a la extinción, lo que sucede es que recuerdo que antes de marzo se preveía una adaptación progresiva hacia la virtualidad porque estaba comprobado que era imposible instaurarla de un día para el otro, ¿por qué ahora se la sostiene como la única vía para encarar la educación del nuevo Siglo? ¿Y si creamos, mientras tanto, un sistema mixto hasta que logremos que todos los alumnos del país cuenten con las mismas condiciones de conectividad? Insisto, soy un ciudadano común y silvestre con más preguntas que respuestas. Soy una persona corriente que se sorprende al calcular que de cuarenta y cinco millones que somos no hayan surgido por lo menos veinte ideas más o menos potables; perfectibles, sí, incompletas seguramente, pero con valentía bastante como para oficiar de punta de lanza.
Me extraña que no se exija con vehemencia el regreso a las aulas, que se repita una y otra vez que el derecho a la salud tiene rango constitucional cuando el derecho a la educación goza de similar privilegio. Desde sus inicios, el sistema educativo se propuso lograr la igualdad de los alumnos, procuró que la situación personal no fuera un obstáculo para adquirir conocimiento y, de ese modo, asegurarle a cada individuo la posibilidad de trazar el camino de su propio progreso, ¿la virtualidad garantiza esa igualdad cuando casi la mitad de los niños de nuestro país no tiene satisfechas las necesidades básicas?
Me indigna –con lo que implica ese sentimiento- que no se sepa con certeza si el próximo marzo se iniciará el ciclo lectivo 2021, ¡faltan 4 meses todavía! ¿Qué tal si vamos buscando una alternativa? ¿Y si se asiste por turnos y en grupos reducidos como en las fábricas? ¿Y si los docentes usan tapabocas, máscaras y guantes de látex como en los hospitales? ¿Es imposible dictar clases con las ventanas abiertas en ambientes previamente desinfectados?
Tal vez se podría ir analizando qué pasó en otros países, qué estrategia funcionó y cuál empeoró la situación. Podríamos escoger un procedimiento y adaptarlo a las particularidades de cada zona, mejorarlo incluso, y probar si funciona. Podríamos también volver sobre nuestros pasos si resultare conveniente, ajustar las tuercas, aceitar los mecanismos y reintentar.
Cuanto más énfasis pongamos en la escolaridad de nuestros niños y adolescentes, mayores herramientas tendremos para afrontar con un poco más de éxito una catástrofe similar que pudiera afectarnos más adelante.
Para que nadie diga que me arrogo conocimientos que me son ajenos, termino como empecé, dejando en claro que carezco de sapiencia profunda referida a esta materia, pero estoy seguro de que hay cientos de expertos dispuestos a ilustrarnos y guiarnos.
Si usted comparte mis inquietudes, lo invito a empezar, de a poquito y con el debido respeto, a exigir alguna respuesta oficial y, por qué no, a formular hipotéticas y hasta utópicas salidas a este embrollo. A lo mejor tenemos suerte y llegamos adonde queremos llegar.
Como lo afirmó Diego Luis Córdoba hace ya varios años, por la ignorancia se desciende a la servidumbre, por la educación se asciende a la libertad.

 

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