Por: Iván Giordana.

A esta altura del año probablemente usted esté tan achicharrado y cansado como yo. Fruto de ese estado nada envidiable nace este texto que está tan desinflado como cualquiera de nosotros en estos últimos días del calendario.

Suena a lugar común decir que el 2017 pasó como una tromba, que duró lo mismo que la caída de un pedacito de estrella o que el fulgor de un fósforo; aunque dígame usted si no es más que la absoluta y cruda verdad.

Sin ánimo de escudarme ni de elevarme a la categoría de mártir literario, le confesaré que allá por febrero creía que no podría publicar una columna semanal sino hasta mayo o junio con mucho viento a favor y el velamen completamente desplegado. Porque no sé si usted sabe pero además de un trabajo de oficina tengo dos niños pequeños que demandan atención y cuidados (mi esposa también, pero eso, aunque es riesgoso, se puede negociar). Bien lo expresó mi colega Conrado, que en cuestión de letras corre con ventaja, cuando en su dedicatoria a un ejemplar de sus deliciosas Noches de varicela que le acerqué expresó que entre chupetes y mamaderas, no estamos tan solos, porque diagramar historias mientras se cambia un pañal o tratar de darle sentido a una oración al mismo tiempo que el sapo Pepe salta y salta por todo el jardín no es sencillo ni posible sin ayuda. Las crónicas son fieles al estilo HDP, nacen del trabajo continuo y mancomunado, del aporte desinteresado, de las discusiones inevitables y de la crítica constructiva. Sin la valiosa colaboración de quienes me acercan su historia o me cuentan una anécdota, de aquellos que me indican a quién tengo que preguntarle tal o cual cosa, escuchan los bocetos, soportan mi obsesión por corregir hasta el hartazgo o simplemente se limitan a leer los textos, que es en definitiva para lo que son concebidos, los jueves no serían más que la pálida antesala de la última jornada laboral de mi semana.

pie

Aunque el vértigo general cree la apariencia de que el planeta se terminará junto con el 2017,  permítame asegurarle que eso no va a suceder. Supongo que si la Tierra, vieja sabia, sintiera deseos incontenibles de dejar de girar elegiría, quizás, un día cualquiera de abril o de agosto, no va a andar arruinando los festejos que con tanto esmero se organizan en todos sus puntos habitados. Entonces, si los minutos seguirán corriendo como siempre, relájese y disfrute de la cena familiar. Estírese en un sillón, mire al cielo, suspire profundo, tómese una copa de más (siempre que no tenga que conducir), cuente viejas historias a los chicos, salude a sus amigos, cante desafinado, llore públicamente, riegue sus expectativas, exprese abiertamente sus deseos, comparta sus ilusiones, proyecte sus sueños, repita la ración de clericó, baile solo, recuerde a los que ya no están pero, fundamentalmente, brinde por quienes lo rodean y por su corazón, que sigue esforzándose sin descansar y sin chistar para que usted se mantenga de pie. O haga cualquier cosa que le venga en ganas sin molestar a los demás. Porque aquí estamos y aquí nos quedaremos, y mientras las refulgentes luces alcahuetas de este escenario no se enciendan ni comiencen los aplausos, continuaremos improvisando el libreto de esta magnífica función que actuamos a diario.

Sonría, lo estamos filmando.

Felicidades.

 

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